miércoles, octubre 04, 2006

Mirando atrás

Hace unos días encontré un texto que escribí sobre Marte hará cuatro o cinco años. Me propuse buscarlo en disquets y publicarlo aquí, pero buscando encontré otro que escribí el día después del 11-S. Ahí va primero el del atentado (a tener en cuenta que fue escrito menos de 24 horas después del ataque) y luego el de Marte (para este lo mismo, hay científicos consultados que ya no viven, es el caso de Joan Oró). Tengo otros que a lo mejor publicaré más adelante.


Postpostmodernidad y neoterrorismo

¡Qué razón tenía Marx!: “Todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado es profanado” (ayer, en cambio, arrasado). La cuna del neocapitalismo, de uno de los símbolos del progreso mundial como es Nueva York y el sancto sanctorum del poder militar y de seguridad americanos han sido bien tocados de la forma más impensable.

Si lo que ayer vimos en las noticias lo hubiéramos contemplado en el cine, habríamos pensado que el director de tal largometraje era un fantasma. Si lo que ayer asombró a todo el planeta, lo hubiese profetizado un alumno en clase o lo hubiera advertido un contertulio en un debate cinco minutos antes de los hechos, se le hubieran reído en la cara. Nadie se lo hubiera creído, y, ¿por qué? Sencillamente, porque no nos valen las hipótesis lanzadas por los medios de comunicación. Yo, como seguramente mucha gente, no me creo que EUA no tuviera tiempo y métodos para detener, por lo menos, el ataque al Pentágono (casi una hora después del primero atentado). Lo que ocurrió, con casi total seguridad, es que los terroristas (o quienes hayan sido) tenían un plan perfectamente urdido.

Dudo que Estados Unidos no conociese ya desde el primer atentado quiénes habían sido los responsables, pero, sencillamente, o pudieron hacer poco o se ocultó información. Nadie en las radios, televisores o periódicos de hoy ha albergado la posibilidad de que hubieran habido muchos más objetivos que hubiesen sido truncados por el ejército americano: ¿por qué no la Casablanca?, ¿por qué no la Estatua de la Libertad?, ¿por qué no Londres?... También cabe la posibilidad de que las amenazas aún existan y que Estados Unidos tenga las manos atadas para ejecutar una contraofensiva. Pensemos que quienes hayan cometido los actos terroristas tienen que haber reflexionado sobre sus consecuencias, sabrían que Estados Unidos iría tras ellos.

Entonces ¿por qué no elaborar un plan que tuviera presente tales posibilidades? Me refiero a que el gobierno americano ya hubiese amenazado a los atacantes y éstos probablemente les habrían demostrado su poder atacando de nuevo. Incluso la amenaza nuclear ha podido asomar la cabeza por parte de los terroristas: ante las temibles represalias del ejército americano qué mejor carta de presentación y de fiabilidad que la de ayer. Además qué simple que los terroristas se escuden sólo en el anonimato para defenderse ante un atentado que le resta puntos de liderazgo al jefe del planeta: saben que Estados Unidos tiene un importante sistema de espionaje; que poseen, eso también, numerosos enemigos, pero también aliados; y que tarde o temprano serían descubiertos y aniquilados. Es probable que en el futuro cercano o lejano haya cabezas de turco

Detrás de estos atentados podrían estar desde grupos terroristas ejecutores hasta países enteros (incluso occidentales) y, por supuesto, contraespías americanos. El caso es que estamos ante un antes y un después. Ante un gigante como América, ¿quién le puede declarar la guerra abierta? Nadie (visto lo visto, incluso ahora no me fío de esta aseveración). Esto puede ser el inicio de un tipo de actos bélicos (“guerras postmodernas” que citaba hoy un diario) para demostrar al mundo la vulnerabilidad del núcleo del sistema económico mundial y para, naturalmente, cambiarlo, para que muchos países empiecen a desconfiar del sistema construido por EUA.

Ayer los medios de comunicación confirmaron su poder en esta era y los terroristas se aprovecharon conscientemente de su poder con premeditación y alevosía. Usaron armas postmodernas (la imagen de las cadenas de televisión) desarrolladas por los occidentales. Se introdujeron, a través de la TV, en las mentes de todos los humanos con una acción impensable y devastadora. El fin del periodo de transición (denominado por algunos postmodernidad) ha concluido. Aunque es prematuro para teorizar, creo que ayer la postmodernidad sucumbió definitivamente y hemos sido arrojados a una nueva era en la que reina una inseguridad total, mayor que en todas las anteriores crisis económicas, políticas y militares desde la Segunda Guerra Mundial. La incertidumbre sobre el futuro, que caracterizaba a la sociedad postmoderna, se ha convertido en inseguridad. Sabemos que a partir de ahora lo que sólo salía en películas nos puede ocurrir de verdad. Uno de los resquicios de la incertidumbre que anegaba la postmodernidad será sólo el dónde y el cuándo volverán a pasar acciones similares o de otra índole pero con finalidades idénticas: empezar a derrocar a Estados Unidos.

Replegarnos sobre nosotros mismos ya no nos asegura la supervivencia en la que confiábamos anteayer. Lo de ayer no fue un simple atentado: periódicos como El País han dedicado toda su primera página al atentado. Ahora vuelve a haber un enemigo externo real aunque, por el momento, anónimo, que nos obliga a salir de ese útero social narcisista.


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Astrobiólogos reproducen la futura estancia en Marte
Nuevas misiones espaciales buscan evidencias de vida fuera de la Tierra

El equipo encabezado por el doctor Pascal Lee del SETI (Instituto para la búsqueda de señales extraterrestres) junto a científicos de la NASA están probando en la isla desierta de Devon, situada en el círculo polar ártico, todo lo necesario para que, cuando los primeros astronautas arriben al planeta rojo, puedan desarrollar su vida cotidiana y sus actividades científicas con el mayor grado de comodidad y normalidad posibles. John D. Rummel, astrónomo de la NASA y centinela para la conservación de los planetas del Sistema Solar, no contempla la necesidad de enviar cosmonautas a Marte.

“Para unos extraterrestres que visitaran el Sistema Solar, Marte no sería interesante, pasarían de largo y vendrían a la Tierra”, afirma el doctor Pascal Lee, astrobiólogo del SETI (Instituto para la búsqueda de señales extraterrestres). “Para nosotros –continúa Lee-, Marte es el planeta en el que tenemos más probabilidades de hallar vida y, por ende, es el más interesante”. El científico está convencido de que tarde o temprano el hombre desembarcará en Marte. Su argumentación es sencilla: si la humanidad desea saber si en el planeta rojo hay o hubo vida en el pasado, la opción más realista para asegurarse es el viaje tripulado. Por ello, un equipo de científicos del SETI y la NASA ha construido una base marciana en la isla Devon. Está emplazado en el círculo polar ártico y es el mayor islote deshabitado de nuestro planeta.

El campamento ocupa una pequeña parcela de apenas una hectárea de un cráter de 20 kilómetros de diámetro. Los científicos reciben la colaboración de empresas privadas y el apoyo de los marines estadounidenses. Kawasaki aporta todoterrenos y el ejército transporta los materiales necesarios. Desde el aire, se divisan cuatro naves: una es un comedor y sala de estar, otra, un dormitorio y las dos últimas son laboratorios. Se han cuidado todos los detalles. Los habitantes de la base no pueden hacer sus necesidades donde deseen. Para no contribuir de manera involuntaria a la terraformación del “Marte experimental”, unos bidones recogen todos los desperdicios orgánicos que genera el asentamiento humano.

De la NASA reciben alimentos que los pioneros llevarían consigo y que el equipo debe probar. Generalmente son potingues, pero de cuando en vez un yogur les alegra el día. Una de las tareas encomendadas por la agencia espacial americana es examinar los todoterrenos, Han de señalar los defectos con los que se encontrarán los astronautas, seleccionar aquellos prototipos más adecuados y rutinizar la forma de trabajar en Marte. Desde cámaras instaladas en globos, en tierra reciben unos mapas muy precisos de diferentes terrenos. Cuando seleccionan los lugares que desean investigar, envían robots teledirigidos. Finalmente, una vez que se han asegurado de que en el lugar no les aguarda ningún peligro, avanzan con los vehículos preseleccionados. El transporte tiene unos pequeños inconvenientes. De momento, son monoplazas o biplazas y la autonomía del astronauta depende de su traje.

El mismo doctor Lee y su hermano han refutado algunas convicciones de la NASA. Por ejemplo, la agencia creía que los hipotéticos colonizadores sólo se podrían limitar a “pasear” por la superficie del planeta. En contra, Pascal Lee, ataviado con el traje espacial y colgándose de cuerdas de escalada, ha descendido pequeños terraplenes. Pero el trabajo de este equipo no se limita a la rutinización de tareas marcianas más o menos manuales y/o mecánicas. A la vez, intentan comparar formaciones geológicas marcianas y terrestres para localizar aquellos recovecos donde la vida puede subsistir.

Objetivo, la vida

SETI escogió el cráter Devon porque se formó hace 23 millones de años tras el fuerte impacto de un meteorito de, aproximadamente, un kilómetro de diámetro. La colisión calentó la zona y licuó durante millones de años el hielo de un amplio territorio. En estas circunstancias la vida, que había desaparecido tras el impacto y que antes se caracterizaba (en palabras de Lee) por “conejos tan grandes como liebres y rinocerontes del tamaño de cerdos”, tornó a brotar de entre lagos y géiseres. El doctor piensa que en Marte existen reductos con una historia similar.

El equipo está perforando en el pequeño montículo que se forma en el centro de los grandes cráteres y Devon posee. Creen que ese es el lugar donde, con más probabilidad, el agua habría quedado retenida por efecto de la congelación. Para perforar y extraer muestras de permafrost (capas superficiales de tierra y agua heladas que conforman la superficie marciana) están usando una tecnología nueva denominada “extracción en seco”. Con este sistema consiguen cilindros de permafrost de hasta un metro de largo por diez centímetros de diámetro sin usar agua para lubricar la roca (y así no contaminar las muestras).

Para el nacimiento de vida, el agua líquida es necesaria. Hace millones de años Marte fue un planeta más caliente, según las teorías más actuales. Los geólogos han observado unos valles que sólo se pueden haber formado de dos maneras. La primera supone la lluvia para originar ríos. La segunda, agua del subsuelo. Ambas implican que, si no en la atmósfera marciana, sí en la superficie debió hacer más calor que el actual. Pascal Lee ha demostrado que, en la superficie en contacto directo con la atmósfera, hacía muchísimo frío; el calor se mantenía por dentro. La demostración la ha derivado de una observación simple: los cauces de los antiguos ríos bajan laderas... pero también suben montañas. Un río nunca puede remontar una pendiente. Esto sólo se explica si el agua transcurre por un circuito cerrado, si por encima hay una gruesa capa de hielo. “Es como en las casas –explica Lee- que el agua sube y baja porque está encerrda en tuberías”. De aquí, que el frío en la superficie de Marte ha sido más constante de lo que se creía.

El astrobiólogo remarca que Devon a simple vista y en un primera aproximación parece un pedazo de tierra sin vida, pero que sólo basta con analizar unos pocos centímetros por debajo de la superficie o en fisuras de rocas para hallar un sinfín de organismos: bacterias, cianobacterias, algas, líquenes... La experimentación se lleva a cabo en los meses de verano, cuando el hielo retrocede. En invierno, la nieve cubre el campamento y los investigadores se retiran a tierras más cálidas. El próximo verano, tiene el objetivo de probar rovers presurizados que solventarán los problemas de los prototipos anteriores. Con ellos esperan poder trasladarse hasta más allá de 20 kilómetros de la base y así lograr una mayor independencia para la investigación de campo.

El entusiasmo del científico

Lee es muy optimista. Asegura que es muy probable encontrar vida en Marte o indicios de que en un pasado se hayan desarrollado microorganismos. Esta confianza la fundamenta en dos premisas defendidas por Frank Drake, miembro del SETI y autor de la ecuación que intenta proporcionar el número de civilizaciones extraterrestres que existen en nuestra galaxia.

La primera apunta a que la vida posee una capacidad de adaptación descomunal a ambientes extremos. Joan Oró, ex biólogo de la NASA, coincide con Drake en que, con simples modificaciones filogenéticas, la vida de ciertos seres se ha amoldado a unas condiciones, en principio, imposibles para albergar cualquier tipo de vida. El doctor John D. Rummel, que trabaja en el cuartel general de la NASA, en Washington D.C., y que se encarga de la conservación de los planetas ante posibles contaminaciones de terrícolas, corrobora también esta premisa: “La vida se ha adaptado a los ambientes más impensables: rocas del desierto, vacío del espacio, regiones volcánicas y entornos radiactivos de hasta cinco megarats”, y añade que “en la Tierra se han descubierto organismos que se creían extinguidos hace millones de años”.

La segunda premisa dice que los planetas del Sistema Solar no son islas incomunicadas. Según Lee, los mundos son “cuerpos abiertos”. En forma de meteoritos y por culpa de colisiones o vulcanismo, la materia transmigraría de unos astros a otros (sería una variante de la hipótesis conocida como panespermia). “Los elementos básicos [de la vida] se podrían haber transferido así de un lugar a otro”, alega Pascal Lee. De estas premisas se desprende la tesis de que la vida en Marte puede haberse mantenido en ciertos reductos, “al igual que en la Tierra ha colonizado los lugares más inhóspitos”, concluye Lee.

Otros caminos

No todos los planetólogos coinciden con la idea del doctor Pascal Lee de que el viaje tripulado sea la mejor opción. Rummel asevera: “En veinte años, responderemos definitivamente si hay vida en Marte”. Pero para ello, según él, no es necesario el viaje tripulado que defiende con ahínco su colega. No obstante, el astrónomo reconoce: “Al final, seguramente, haremos caso a Pascal Lee y enviaremos una misión humana”. La cuestión no es cuándo, asegura el científico, la cuestión es si debemos enviar hombres y mujeres al planeta vecino. Según Rummel, por un lado, debemos tener especial cuidado en no infectar Marte.

Es muy posible que sondas rusas ya hayan contaminado Marte, pero no hay porqué preocuparse. En el peor de los casos, la vida se habría extendido alrededor de la nave, pero no más allá. En el mejor de los casos, los microorganismos habrán sido abrasados por los rayos ultravioletas que queman el desprotegido rostro marciano. En todo caso, si se hubieran extendido de una manera sorprendente, el trabajo de Rummel y otros colegas consistiría en discernir qué es terrícola y qué marciano.

Por otro lado, viajar a Marte no es baladí, no es como ir a la Luna: es un viaje y una estancia de muchos meses. Aún nos queda, certifica el científico, mucho camino por recorrer, tanto a nivel tecnológico como psicológico. “Si algún día, la raza humana necesita colonizar y expandirse por otros mundos, la terraformación de Marte será una opción. Mientras tanto, abogo por comprender mejor el planeta antes de que graves daños sean irremediables”, apostilla Rummel.

En el calendario de misiones espaciales para buscar indicios de vida alienígena, Marte sigue siendo un plato fuerte. En los próximos años se lanzarán al planeta rojo sondas con un último objetivo: resolver el clásico enigma de si existe o, en su defecto, existió vida en un pasado remoto. Demostrar que la vida en Marte existe, no significa demostrar que sea frecuente en el Universo. Joan Oró mantiene que cabría discernir si esa vida tiene un origen genético similar al de la Tierra o muy diferente. Si fuera de raíz diferente, sí que se podría asegurar que la vida brotaría en cualquier parte del Universo que le proporcionase unos mínimos básicos.

Para 2003 y 2004, se enviará la misión gemela llamada: Twin Mars Explorer Rovers. Como su nombre indica, un par de rovers teledirigidos explorarán el suelo marciano. En 2005, la misión Mars Reconnaissance Orbiter dibujará mapas de alta definición, escuchará los sonidos de la atmósfera y señalará los lugares que contengan ciertos minerales y evidencias de agua. Entre 2007 y 2009, las misiones ya no están muy concretadas. Se habla de sondas que lancen al aire marciano desde ultraligeros o globos hasta sondas que expelan excavadoras de sus entrañas que remuevan metros y metros de permafrost.

Sí que está claro que, hacia 2011, se enviará una misión clave en cuanto a la búsqueda de vida se refiere. Allá en donde las condiciones para la vida sean más aptas, se trasladará una astronave que extraerá muestras y las traerá consigo de regreso a la Tierra. Rummel es uno de los científicos que trabaja para buscar el modo de cómo evitar la contaminación de esas futuras muestras, desde su extracción hasta su manipulación en la Tierra. Según el astrónomo, existe el riesgo real de que un simple cabello humano invalide todo el experimento.

No sólo Marte

Marte es el plato fuerte, pero no es el único lugar fuera de la Tierra en el que se cree que se pueda hallar vida. Satélites de Júpiter como Ío y, sobre todo, Europa también son firmes candidatos. Europa está envuelta por una capa de hielo en continuos cambios. Esto hace pensar que, por debajo, hay sustancias (lo más probable agua) en estado líquido. En los próximos años, un submarino recorrerá sus gélidas aguas tras la pista de la vida.

En 2004, la Cassini, lanzada en 1998, orbitará a Titán, el mayor de los satélites de Saturno, y disparará la sonda Huygens contra su peculiar atmósfera compuesta de hidrocarburos. Uno de los objetivos de la Huygens será dirimir la existencia de agua en la espesa atmósfera de Titán. Otras misiones se acercarán a Ceres, el asteroide del cinturón principal de mayores dimensiones (unos 1000 kilómetros en su eje más extenso), para rastrear agua congelada. Los telescopios de nueva generación (Next Generation Space Telescopes, NGST) descubrirán planetas extrasolares de tres veces el tamaño de la Tierra, y, por medio de telescopios interferométricos (aparatos que, colocados a ciertas distancias y sincronizados, hacen las veces de un solo telescopio de mayores dimensiones) en el espacio, se podrá dilucidar la composición de la atmósfera de planetas del tipo rocosos.

En contra de lo que muchos aventurados especulan, según la doctora Debra Fisher, “cazadora” de planetas extrasolares de la Universidad de Berckeley, de los 78 exoplanetas conocidos, es poco probable que a ninguno de ellos le acompañe algún satélite en el que las condiciones de la vida sean óptimas. Por ejemplo, en el Sistema Solar 47 Ursae Majoris, que estudia actualmente la doctora, conviven tres planetas: dos de ellos situados en órbitas parecidas a las de Júpiter y Saturno, y un tercero más cerca de su Sol que Mercurio del nuestro (y eso que todos ellos poseen una masa varias veces superior a la de Júpiter). Al que está más cerca, el calor imposibilita la vida en sus satélites. A los que están lejos, el frío. Entre el primer gigante gaseoso y el segundo existe un espacio en donde muchos teorizarían sobre la existencia de posibles planetas habitables, del tipo rocoso, como el nuestro. Según Fisher, esto está muy lejos de la verdad, pues “los gigantes barrerían y expulsarían a los pequeños afuera de sus órbitas”

Marte y la Tierra, las siete diferencias

Marte y la Tierra tienen muchas similitudes pero también muchas diferencias. En Marte los rayos ultravioleta atraviesan la atmósfera con tal impunidad que nos pondríamos morenos 800 veces antes que en la Tierra. El monte más alto es el volcán Olimpo, con una altura de treinta kilómetros (más de tres veces la altitud del Everest). Su base es de 600 kilómetros. Semejantes magnitudes se deben a la escasa fuerza de gravedad del planeta: 100 Kg terrestres equivalen a 38 marcianos. La presión atmosférica es la misma que la de la Tierra a 36 Km de altura. El aire está compuesto, en un 95%, de dióxido de carbono.


Drake destaca las nuevas tecnologías del proyecto Phoenix

“Inequívocamente, nunca hemos recibido una señal de radio de origen extraterrestre”, se lamenta Frank Drake, el astrónomo estadounidense que, desde 1961, ha dedicado su tiempo a estudiar la posible existencia de civilizaciones extraterrestres alrededor de estrellas próximas. El astrónomo explica que una de las condiciones básicas para que un mensaje provenga de una cultura alienígena es que sea captado por los dos radiotelescopios que usa SETI (Instituto para la búsqueda de inteligencia extraterrestre) en sus investigaciones. “Cuando en Arecibo [Puerto Rico] detectamos una señal prometedora, rezo a Dios para que en Inglaterra, ocho horas después, también sea detectada. Nunca ha ocurrido”, suspira el célebre científico.

Hasta hace muy pocos años se excluía la búsqueda de mensajes luminosos, porque se pensaba que la luz de las estrellas ocultaría las ráfagas. Hoy día, explica Frank Drake, el proyecto Phoenix (programa específico del SETI que escucha el cielo en busca de ondas de radio de origen no humano) no excluye tal posibilidad. Los componentes del proyecto saben que deben atenerse “a la física, a no caer en fantasías y a pensar que ellos [los extraterrestres] no usen la radio o nosotros seamos excesivamente primitivos”. Para ampliar el abanico de posibilidades comunicativas, han pensado en el láser como alternativa a la radio.

Al principio los láser más potentes alcanzaban los 10 Kw. Hoy, para desarrollo de tecnología de fusión nuclear, se emplean potencias de hasta 1015 Kw. Tal capacidad sólo se puede irradiar durante una billonésima parte del segundo, pero es suficiente para destacar claramente de entre el fondo estrellado. De igual modo, sería suficiente para que nosotros reconociéramos una información alienígena con este tipo de señales en nuestra bóveda celeste. La dificultad radica en que, para captar mensajes de este tipo, se necesita “intención y voluntad de comunicarse” por parte de hipotéticas civilizaciones extraterrestres, según apunta Drake.

En la Universidad de Berkeley, se está estudiando otro proyecto. Consiste en unir 350 pequeñas antenas para que, sintonizadas adecuadamente, conformen en su eje más extenso un radiotelescopio de 700 metros. Estas antenas pertenecerían a particulares que las hubieran adquirido para tal fin. La industria americana está fabricando muchos aparatos de este tipo a un precio relativamente bajo. Incluso, el artilugio va acompañado de unas instrucciones donde se indica cómo ajustarlas para el proyecto Berkeley. Si todo va bien, adelanta Drake, se prevé que el proyecto esté listo para el 2005.

La fórmula de Drake

Drake es un epónimo desde 1961, cuando publicó la famosa fórmula que pretendía responder a la probabilidad de comunicaciones con extraterrestres inteligentes. La ecuación combina ocho variables. La primera ofrece cifras del ritmo de formación de estrellas con respecto a la edad de la galaxia. La segunda señala el número probable de sistemas planetarios (datos sobre los que hoy se empieza a arrojar algo de luz). La tercera da el número de planetas de estos sistemas con ambientes favorables para el origen de la vida. La cuarta, los planetas que sí contienen vida. La quinta determina la cantidad de culturas con habilidades manipulativas. La séptima indica la cifra de civilizaciones con tecnología nuclear. Y, la octava y última variable proporciona el tiempo medio de vida de dichas civilizaciones.

Frank Drake y otros colaboradores hicieron cálculos y las apreciaciones más pesimistas estimaban un total de 50.000 civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia. Estarían separadas por una media de 1000 años luz y se habrían desarrollado en períodos de unos 10.000 años. Las previsiones más optimistas auguran más de un millón de vecinos estelares diferentes. A medida que la astronomía progrese, conoceremos más datos para las diferentes variables de la fórmula de Drake y, en consecuencia, el resultado de la ecuación será más concreto y ajustado a la realidad.

Desde hace unos pocos lustros, existe el afán de conseguir pruebas de la existencia de otros mundos. Esto se ve reflejado en que institutos como el SETI reciben unas cantidades horarias para sus observaciones nada despreciables, “20 días de 365”, remarca Drake. Aunque nos parezca poco, comenta el astrónomo, “es mucho más que lo asignado a otros programas”.

Que esté cercano o lejano el día en el que el hombre sepa definitivamente que no está solo en el Universo es de capital importancia. En aquella jornada escribiremos el punto y final a la revolución copernicana. El ser más inteligente ya no será únicamente el ser humano. Otras entidades le habrán igualado o superado. El homo sapiens-sapiens ya nunca más podrá ser el centro de nada.

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