domingo, septiembre 21, 2008

A mis descendientes

Pero no a mis descendientes inmediatos, sino a los que nacerán allá por el 3000, año arriba, año abajo. Os escribo desde las profundidades de este océano de aire por el que la humanidad ahora se arrastra. Si recibís la misiva, ¡hola a todos!, seres no humanos.

En este nuestro siglo lo que importa es el dinero y ser útil. ¿Que qué se entiende por ser útil? A la sociedad, se entiende (como decía Nietzsche). Tanto haces tanto vales. Si antes eras alguien por la cuna, ahora lo eres por lo que produces. Mejor si trabajas en una empresa de prestigio. Mejor si dices que procedes de Nueva York que no de Rabat. La marca manda.

La publicidad, que es el arte de finales del siglo XX y principios del XXI (aunque hoy día no se vea como tal), mantiene el sistema. ¡Oh, gracias señor, bueno señora! Sin ella, se derrumbaría. ¿Y qué nos esperaría? ¿La selva? Eso es lo que quieren que pensemos quienes detentan el poder desde la Revolución francesa, el empresariado. Lógico, no quieren perder el poder arrebatado a los de alto abolengo.

A nosotros -no sé a ustedes- que somos unos bichos que se arrastran por el barro, sin otra obligación biológica que comer, dormir, reír y sexar, nos imponen horarios, nos imponen leyes, ya morales ya éticas. ¡Pero si sólo queremos bailar! Deseo que su quiero se haya impuesto a su debo, y/o que éste sea su quiero. Que su quiero sea evolucionar.